Flor de las Perlas
Flor de las Perlas Entre esa hojarasca de tamaño enorme en general y por las lianas, soberbias aves gorjeaban ruidosamente y en plena seguridad. Veíanse faisanes de pluma dorada, grandes augang o pájaros rinocerontes, así llamados por crecerles en el pico una excrecencia córnea que les da extraño aspecto; palomas coronadas, vestidas de azul y oro; magníficos epimacus de aterciopeladas plumas de reflejos broncíneos; vecinnurus reales, del tamaño de tordos y hermosos sobre toda ponderación, y otras cien clases de preciosas aves que, al volar, presentaban todos los colores del iris y todos los matices imaginables.
Hong, Than-Kiu, Sheu-Kin, y hasta el mismo Pram-Li, aunque acostumbrado a recorrer las selvas de la Malasia, parábanse a cada instante para admirar tan soberbio espectáculo formado por aquellos magníficos árboles y sus graciosos y espléndidos habitantes, olvidándose del peligro que les amenazaba y que les había obligado a abandonar precipitadamente la orilla de la laguna.
De pronto vibró en los aires un grito extraño, que no podía saberse si había sido lanzado por algún ser humano o por cualquier animal desconocido, y al oírle substrajéronse al encanto de su contemplación.
Hong, que, como de costumbre, abría la marcha, se detuvo, preparando apresuradamente su carabina y echando una mirada inquieta en torno suyo.
—¿Una señal? —preguntó alarmada la joven.