Flor de las Perlas
Flor de las Perlas —La salvaremos. En la cámara de proa tengo quince hombres resueltos y armas abundantes.
—Gracias —dijo Than-Kiu.
—¡Cómo!… ¿Tienes armas? —preguntó Hong.
—Cuatro cajas de fusiles, seis de municiones y una de granadas de mano para una partida de insurrectos que me aguardan en la isla de Luzón, en la punta…
—¡MagnÃfico!… Entre tanto nos proveeremos de ellas, si los españoles quieren darnos caza.
—Nos la dan ya —dijo Pram-Li desde el timón, que no lo habÃa abandonado—. ¡Mirad, mirad hacia el muelle!
Hong, el viejo y Than-Kiu miraron en la dirección indicada, y vieron en el mar, que iluminaba con sus rayos de plata la Luna, dos masas negras y alargadas. Aunque el junco se hallaba a media milla de distancia, los dos chinos y la joven reconocieron que las dos chalupas llevaban buen número de remeros y soldados armados de fusiles, saliendo del maremágnum de juncos, paraos y toda clase de embarcaciones surtas en el muelle, y que se dirigÃan tras la tow-meng rápidamente.
—No hay duda; se preparan a impedirnos salir de la bahÃa. ¿Es ligero tu junco?
—Es un velocÃsimo velero.