Jose el peruano
Jose el peruano El acento severo del cazador dejó perplejos a los dos hombres.Â
Miraron el rostro enérgico de Lindsay y comprendieron que habÃan sido vÃctimas de un equivoco.
—ExplÃcate--murmuró el gigante, cambiando de tono—. No encontramos el dray, y creÃmos.
—¡Que yo lo hubiese robado! ¿verdad?—exclamó el cazador.Â
—¿Cómo podrÃamos pensar... como podrÃamos creer otra cosa?—corrigió José.Â
Una larga y aguda sonrisa salió de los labios de Lindsay.Â
—No diré una palabra más, no contaré nada si antes no me habéis pedido excusas—dijo el cazador.Â
—Pues, bien; si, te pedimos que nos excuses—dijo José—. Leo en tus ojos la lealtad... Veo que te he acusado injustamente de la traición más negra.Â
—Bajemos--dijo el cazador—. Busquemos un sitio más seguro que este.Â
José y Fernández saltaron a tierra y ayudaron al cazador, muy abatido por quien sabe que ignoradas peripecias, para poder descender de la tumba a donde lo habÃan puesto para que fuese presa de los buitres.
La noche, se venÃa encima rápidamente. Los tres hombres se internaron bajo los eucaliptos gigantes que formaban el bosque.Â