Jose el peruano

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A no ser que estuviese dotado de enorme agilidad, no era admisible que Mulga hubiese tenido tiempo de lanzar el boomerang y de volver a su primitiva posición, porque el salto de Fernández había sido fulminante. Y sin embargo el joven había percibido en el silencio nocturno el silbido. inconfundible de la paradójica arma del australiano, perderse en las sinuosidades de la montaña. 

¿Seria posible que estuviese escondido algún indigena cerca del campamento ?

¿Seria quizás alguna señal convenida con alguien apostado más al interior del paso?

El joven dió algunas vueltas alrededor del campamento, pero tratando de ver entre las malezas las sombras, no vió nada sospechoso, sólo que al volver a su punto de partida lanzó una exclamación de sorpresa. 

¡Mulga había desaparecido! Era evidente que el australiano había aprovechado el instante en que el joven no podía verlo, porque estaba de espaidas, para escapar. 

Este hecho, unido al indudable lanzamiento del boomerang inquietó legítimamente el ánimo de Fernández. No vaciló en despertar a sus compañeros. La fuga del negro debía significar algo grave. 

Fernández golpeó el entarimado de madera de dray, gritando: 

—¡José!, ¡Lindsay! 


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