Jose el peruano
Jose el peruano Un pedazo de rueda, dió con el coloso en tierra;Â
Lindsay y Fernández, medio cegados trataban a tientas de librarse del humo: las bestias, espantadas, daban mujidos lastimeros y espantadas huÃan en loca carrera atravesando la garganta; la lanza del dray fué la única cosa que no sufrió desperfectos a consecuencia de la tremenda explosión. El estallido habÃa sido tan imprevisto que los tres exploradores no habÃan tenido tiempo de orientarse, ni de darse cuenta de lo que eran vÃctimas.Â
—¡José!, ¿Dónde estás?—exclamó Fernández.Â
—Estoy aquÃ... me ha herido un demonio—repuso el gigante tratando de ponerse nuevamente de pié.Â
—¡Mulga ha destruido el carro!Â
—¡Yo habÃa dicho que era preciso matar al malvado!
—¡Huyen los bueyes!... ¡Es lo peor que nos podÃa suceder!—dijo el coloso consiguiendo levantarse a duras penas.Â
—No, no es la peor desventura—gritó una voz horriblemente burlona—Pronto me darás cuenta, sir!Â
—¡Era Mulga el que hablaba asÃ!... Gooo-mooo-hooo-ééé—gritó con fuerza el traidor.Â
Era el grito de guerra. —¡Gooo-mooo-hooo-ééél — respondió un coro salvaje.Â