Jose el peruano
Jose el peruano LOS GALEOTES
El oasis se extendía al pie de una baja cadena de montañas escondida casi tras de altísimos eucaliptos.
Un riachuelo, que nacía en aquellos montes, se perdía después de un breve curso en un pantano que se veía hacia el este.
Habiendo descendido del vehículo los tres viajeros se precipitaron a la orilla del río, inclinándose para beber el agua con avidez mientras que las bestias, dentro de él, hacían otro tanto.
El sitio, bastante umbroso, estaba cubierto de fina hierba, que permitió a los cinco bueyes un abundante pienso. Diversas variedades de cacatúas revoloteaban en torno a las acacias y a los eucaliptos: Fernández, el hábil hondero, mató varias: las cuales sirvieron pava variar el menú de los tres exploradores, que desde hacía muchas semanas se alimentaban más que de carne ahumada.
José, dando vueltas por el bosque, encontró sabrosisimas kanguroo-apples, que dieron un agradable refrigerio al hambre de los viajeros.
Descansaron tres días en el oasis, y después de haber hecho una abundante provisión de hierbas y forrage y de haber llenado el odre de agua, reemprendieron de mala gana el camino a través del desierto.