Jose el peruano
Jose el peruano —No sé, los dos blancos quizá no—dijo Lindsay—, pero el negro, como todos sus compañeros, tiene una velocidad portentosa para recorrer a pie estos malditos terrenos. Además, repito, creo que hemos alargado mucho el camino; privados de instrumentos para orientarnos, y de cartas geográficas, hemos hecho demasiado, pero es de temer que Mulga nos haya precedido y que se nos venga encima con una horda de salvajes.Â
—¿Habrá aquà también antropófagos?Â
—Mucho menos por lo que se dice, pero son siempre salvajes peligrosos que odian siempre a los blancos.Â
—Sabremos hacerles frente como hemos hecho con los otros.Â
—No tengo la menor duda, aunque estamos desarmados.Â
—Nos construiremos robustas clavas de casuarina.Â
HabÃan llegado a orillas de un rÃo de gran anchura, con las riberas flanqueadas de zarzales de xantorrea.
Bebieron en él con gran avidez los hombres y los emus.
El agua, como en todos los rÃos australianos, era en éste de poca profundidad, siendo por lo tanto fácil vadearlo. Un bosque de árboles altÃsimos invitó a los viajeros a recorrer rápidamente la distancia que los separaba de él.Â