Jose el peruano
Jose el peruano Los tres prisioneros fueron conducidos a la choza, cuidados por los galeotes que habían consumido, en tanto, algunas botellas de brandy y cantaban alegremente.
Al cabo de una hora Mulga volvió acompañado por un hombre blanco de pequeña estatura.
La noche se había echado rápidamente encima, pero el hombre que había entrado con Mulga traía una antorcha encendida.
—¡Buenas noches, señores!—dijo el hombre con un silbido en la voz, al tiempo que levantaba la antorcha para poder ver a los prisioneros tendidos en el fondo de la choza.
José y Fernández sofocaron un grito de profunda sorpresa. Fijaron su vista sobre el rostro del hombre blanco y del estupor se les agrandaron los ojos enormemente.
Hasta Lindsay miró al compañero de Mulga, pero aquel rostro no le dió a entender nada.
Aquel hombre era para él completamente desconocido.
Una risa sardónica resonó en la cabaña.