Jose el peruano
Jose el peruano —Como se ve que eres gran amigo del squatter—observó Lindsay—. Siendo buen jugador como es, Kilder creerá en la influencia de la herradura y te habrá comunicado su superstición.Â
El dray continuó por algunas horas su camino, atravesó el Gambor, cuyas aguas eran muy bajas, y llegó a un bosque de eucaliptos, donde un grupo de árboles de troncos altÃsimos hacÃan una sombra bajo la que decidieron detenerse.Â
Los tres exploradores sentÃan el estimulo de un discreto apetito: en cuanto al drayman, la demanda de alimento era imperiosa.Â
La comida, compuesta de carnes ahumadas y abundantes warrants, que Mulga recogió al pie de una acacia, escarbando el terreno con un largo cuchillo, estuvo lista muy pronto; y la comida fué rociada con una botella de brandy que excitó la alegria de Mulga, ávido de este licor.Â
Mientras los cuatro hombres terminaban con las viandas, Fernández vió una cosa que se movÃa de lejos entre los eucaliptos y las acacias.Â
El joven se levantó, empuñando el fusil.Â
—¿Qué hay? ¿Algún indÃgena?—preguntó José, siguiendo la mirada de Fernández—. No veo nada.Â
—Ni yo tampoco—añadió Lindsay.Â
—Y tú, Mulga, ¿qué ves?—interrogó José.
—Nada—respondió el australiano.Â