Jose el peruano

Jose el peruano

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 —Yes sir, cuando son muchos—respondió Mulga—. Pero ya se alejan. 

En efecto: el rabioso aullido se fué extinguiendo hasta que desapareció por completo. 

El dray reanudó el viaje por un terreno bastante bueno y no se detuvo hasta la caída de la tarde, cuando hubieron llegado a un prado esmaltado de perlagoni parecidos a las dalias europeas y de altos arbustos. 

José, habiendo descendido el primero del carro, vió una maza rojiza desembocar por un espeso matorral y a grandes saltos desaparecer por otro zarzal. 

—¡ Un canguro!... ¡Al fin!—exclamó Lindsay saliendo del carro, seguido rápidamente por Fernández. 

—No he tenido ni siquiera tiempo de verlo—dijo José con tristeza—. ¡Ha desaparecido tan pronto! 

—¿Quiere que salga otra vez, sir?—preguntó Mulga que había descendido él también del dray. 

—Ciertamente, puesto que me habéis dicho que el asado del canguro es apetitoso—respondió José. 

—Es la sopa de la cola del canguro — añadió chanceándose Lindsay.

Mulga aferró el boomerang que había cogido al vuelo de modo tan sorprendente para los exploradores y después de haberlo hecho dar vueltas sobre su cabeza lo lanzó hacia el zarzal por donde había desaparecido el canguro. 


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