La capitana del Yucatan
La capitana del Yucatan Ya se veían algunos relámpagos centellear sobre la inmensa cúpula de vegetación, seguidos de un tenebroso rugido que parecía propagarse hasta bajo tierra, como si el suelo hubiese adquirido una sonoridad extraordinaria, mientras el aire, que se había vuelto sofocante, casi ardiente, se impregnaba rápidamente de electricidad.
Dentro de poco aquella gran jungla había de convertirse en el teatro de una escena espantosa, ya que los huracanes de las Antillas son de una violencia tal que no podemos hacernos idea de su fuerza. Duran poco, pero ¡qué enormes desastres ocasionan, especialmente si a la fuerza irresistible del viento se une, como demasiado frecuentemente sucede, la fuerza brutal de los terremotos y maremotos!
Suelen estallar al principio de la estación de las lluvias y se anuncian algunas horas antes haciendo aparecer el sol rojo y el aire turbulento, mientras, por el contrario, la cima de las montañas aparece clarísima y las estrellas parecen más grandes de lo acostumbrado.
Repentinamente, tras una calma perfecta, el viento empieza a soplar con violencia, con embates irregulares, de poniente a levante; y después bruscamente cambia de dirección. Las dos grandes corrientes de aire, al encontrarse producen un trastorno formidable y súbito, abatiendo, en su zona de influencia, todo lo que encuentran.