La capitana del Yucatan

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Comieron sin perder más tiempo, cortaron algunos trozos de jabalí que asaron con objeto de que se conservaran más tiempo, después se pusieron rápidamente en marcha dirigiéndose hacia el sur, para evitar a los insurgentes que ocupaban el fortín y quizá también sus contornos.

Durante la marcha el camarada de Quiroga informó a Córdoba de todo lo que le había sucedido a la marquesa y de las tentativas hechas por Pardo para que le cediera la carga del «Yucatán», tentativas absolutamente vanas como ya saben los lectores.

Durante toda la jornada el teniente y los dos soldados marcharon con gran prisa hacia el sur, no haciendo más que brevísimas paradas para descansar un poco. Por la noche, después de haber recorrido más de treinta kilómetros a través de pantanos y bosques sin fin, acamparon a poca distancia del mar, sobre una colina cubierta de espesa vegetación.

Al día siguiente, tras una noche tranquila reemprendieron la marcha para atravesar la pequeña península de Corrientes que separa la bahía homónima de las aguas de la ensenada de Cortés, y a las cuatro de la tarde, desfallecidos por su rápida carrera, alcanzaban la orilla opuesta.

—El «Yucatán» no debe de estar lejos —dijo Córdoba.


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