La capitana del Yucatan
La capitana del Yucatan —Un momento, mi teniente —respondió el maestro—. Puede que haya sido algún pez fosforescente, o quizá la boca de un tiburón, que como sabéis de noche parece iluminada, pero también podÃa haber sido un fanal.
—Mira bien, Colón.
—Ya miro, y abro bien los ojos, sin embargo por ahora no veo nada.
—¿Crees todo lo que nos ha dicho aquel sinvergüenza? —preguntó de nuevo el teniente.
—SÃ, señor Córdoba. No le servirÃa de nada engañarnos, ahora que está en nuestras manos.
—Si fuese cierto, la situación serÃa bastante grave. Nuestra nave es rápida y sólida, pero sus calderas no tienen la protección suficiente contra los obuses. Un proyectil bastarÃa para inmovilizarnos.
—Es verdad, señor Córdoba. Si la cañonera aparece, ¿qué pensáis hacer? ¿Intentaremos forzar el paso?
—SÃ, pero después de haberla hecho saltar por los aires.
—¿Con nuestro cañón? ¡Hum…! Ya sabéis, señor Córdoba que estas cañoneras llevan el casco acorazado.
—No lo suficiente, sin embargo, para protegerla de un buen impacto.
—¿Con esta oscuridad?