La capitana del Yucatan

La capitana del Yucatan

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La travesía del pasaje se realizó a una velocidad de dieciocho nudos, sin que la pequeña nave tuviera ningún encuentro. Ya Córdoba y la marquesa empezaban a abrigar esperanzas de poder situarse bajo las costas de Cuba, escondiéndose entre multitud de escollos e islotes que proliferan alrededor de las costas de Puerto Príncipe, cuando se oyó la voz de un vigía que estaba en observación sobre las crucetas del trinquete, gritar:

—¡Humo en el horizonte!

—¡Mil tiburones! —exclamó Córdoba, girando con rabia la rueda para hacer virar al «Yucatán» hacia la isla de la Lana—. ¿Vienen ahora a estorbar nuestra marcha, esos malditos piratas? ¡Ohé, Diego!

—¡Teniente! —gritó el vigía.

—¿Hacia dónde va el humo?

—Parece que se dirige hacia estas islas.

—¿Puedes verla nave?

—Todavía no. Me parece que la columna de humo aumenta rápidamente.

—¿Será una nave americana? —preguntó el capitán Carrill.

—No puede ser otra cosa —respondió la marquesa, cuya frente se había fruncido—. Feo encuentro en este momento, precisamente al amanecer. Si hubiera ocurrido a la puesta del sol, no me preocuparía, pero ahora… Bastarían unos cuantos cañonazos para hacer acudir a otros navíos.


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