La ciudad del oro

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CAPITULO IX

UNA FLECHA MORTAL

Durante los días siguientes, queriendo apresurar la marcha para llegar a las grandes cataratas, antes de que el río alcanzase su máxima crecida, navegaron casi sin interrupción, haciendo solamente brevísimas paradas para procurarse carne fresca. 

En estos días no habla acaecido nada extraordinario. De los indios armados de fusiles no habían sabido nada, ni los habían visto, ni habían encontrado ninguna otra banda de otomacos. No habían hecho más que pasar por delante de la desembocadura de numerosos y grandes ríos que vertían sus aguas en las del gran Orinoco. 

Ya habían dejado atrás el Maciapure, gran afluente de la orilla derecha, al que los indios llaman Amarapuri, notable, sobre todo, por una gigantesca catarata situada cerca de sus fuentes, pero que produce tal ruido que se oye hasta en la desembocadura; habían pasado después el Suapure, gran afluente lleno de cascadas y de pasos bastante peligrosos, que baña un país riquísimo en miel silvestre y en el que vive la tribu de los pafechos, y, finalmente, el Pao, el Cauxi, el Vacari, el Sinaruco y el Capure, al que consi-deran algunos como ramificación del Meta y por el cual descendió Barreo, el primero de los conquistadores españoles que intentó reconocer aquella inmensa y rica región. 


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