La ciudad del oro
La ciudad del oro CAPITULO XI
El joven cazador no se había engañado. Los pecaris, que se habían echado al pie del árbol, después de haberse convencido de la inutilidad de sus asaltos, se habían puesto en pie bruscamente, lanzando sordos gruñidos. Parecía que estaban inquietos, porque iban y venían por la margen de la inmensa selva y parecía que escuchaban con profunda atención. Sin duda alguna ocurría algo grave bajo la cúpula de los árboles gigantes, a la sombra de su inmenso ramaje.
—Se conoce que se acercan nuestros compañeros — dijo Alfonso.
El doctor movió la cabeza.
—¿Has oído algún disparo? — preguntó.
—Ninguno, doctor.
—Ahora están muy lejos recorriendo las orillas del Cassanare.
—¿Qué serán los enemigos misteriosos?
—¡Diablos! Los pecaris, abajo; las moscas cartoneras, arriba, y las flechas envenenadas de los indios, por otra parte. No daría un céntimo por nuestra pelleja.
—¡Y nuestros fusiles en el suelo! Doctor mío, empiezo a hartarme de la Ciudad del Oro, de sus indios y del bello país de usted.