La ciudad del oro
La ciudad del oro CAPITULO XIII
Los dos cazadores recogieron sus fusiles y unas chuletas de oso, y se dispusieron a abandonar aquel lugar, que ya no ofrecÃa seguridades por haberse apagado el fuego por falta de leña seca.
El maullido del segundo yaguar habÃa sonado en un enorme grupo de palmeras mauricias, por lo cual, le volvieron la espalda y huyeron en dirección opuesta, procurando no tropezar con los troncos de los árboles derribados o con las hierbas y los bejucos que formaban a veces redes inextricables.
Aunque la oscuridad era muy profunda, pudieron avanzar en aquella nueva dirección por espacio de una hora, sin encontrarse con ningún otro animal, y ya habÃan decidido detenerse, buscando un árbol adecuado para pasar la noche, cuando creyeron oÃr confusamente un sordo fragor.
—Escucha, Alfonso — dijo el doctor.
—¡Es el rio! — exclamó el joven, que se habÃa echado al suelo.
—¿De veras?
—Si; no me engaño.
—¡ Gracias a Dios! ¡Corramos!
Ambos cazadores echaron a correr a través de la selva, llenos de ansiedad, acercándose cada vez más a aquel ruido, más claro de minuto en minuto.
