La ciudad del oro
La ciudad del oro CAPITULO XIV
Delante de la chalupa se agitaba un animal de unos doce pies de largo. ParecÃa una foca, pero tenÃa la cabeza más bien alargada que redonda y cubierta de una piel peluda, ojos negros y vivos y el pecho provisto de gruesas mamas, que le daban el aspecto de las sirenas creadas por la imaginación de los antiguos; el cuerpo, semejante al de los peces, pero con dos espinas, largas y estrechas, que podÃan servir de armas de ataque, y una larga cola. En torno suyo estaba ensangrentada el agua, lo cual indicaba que el animal habÃa sido herido, quizá gravemente, por el agudo espolón de la chalupa.
Al grito lanzado por el doctor, Yaruri, que al parecer habÃa recobrado rápidamente las fuerzas, se lanzó a proa, esgrimiendo en la mano derecha una pesada y cortante hacha.
El arma se hundió, rápida, en el cráneo del gigantesco animal, penetrando profundamente en la materia cerebral, mientras que los tres blancos descargaban simultáneamente las carabinas.
Herido de muerte, el manatà dio un brinco terrible, saliéndose casi todo entero del agua, y después se hundió, dejando en la superficie un cÃrculo de sangre.
—¿Perdido? — gritó Alfonso.
—No, es nuestro — respondió Yaruri.