La ciudad del oro
La ciudad del oro CAPITULO XVIII
Sobre las ondas que se revolvÃan furiosamente en la catarata se veÃan descender, tropezando unos con otros, varios troncos de árbol que bajaban por el canal que los viajeros habÃan tratado de atravesar.
¿Los habrÃan lanzado los indios para que chocasen con el mástil de la chalupa, o era la corriente que los habÃa arrancado de alguna isla o de algún punto sumergido de la orilla?
Como quiera que fuese, Yaruri habÃa dicho que aquellos troncos eran su salvación, y aquel astuto indio debÃa de tener razones muy poderosas para pronunciar semejantes palabras.
—Atención —dijo el indio empuñando el hacha y cortando con unos pocos golpes dos cuerdas—. Si dejamos escapar esta ocasión, no podremos abandonar este mástil.
—Pero, ¿qué vas a hacer con ellos?
—Una balsa. Para el plantador fue esto una revelación.
—¡Bravo, Yaruril —exclamó—. Voy a ayudarte.
Descendieron del palo y se situaron a flor de agua. Los troncos de árbol que descendÃan por la catarata no distaban más de un centenar de pasos.
