La ciudad del oro

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CAPITULO XXII

UN EJERCITO DE REPTILES

Al oír aquellos clamores y al ver clavarse las flechas en los arbustos cercanos, don Rafael y sus compañeros se habían puesto rápidamente en pie con las armas preparadas, apostándose detrás de los gruesos troncos de los árboles. 

A cincuenta pasos de donde se encontraban ellos hablase detenido una turba de indios armados de cerbatanas y lanzas, cuyas puntas relucían como si fueran de oro, protegiéndose tras de una barricada de árboles secos y caídos. 

Todos ellos eran de alta estatura; tenían el cabello largo, sujeto con una pequeña tira de tejido rojo, como el que usaban los antiguos peruanos, y con el pecho y las caderas cubiertos con un paño de tejido de lana de vicuña, adornado con bordados de oro y dibujos hechos con plumas de ave hábilmente combinadas, porque los indios han sido siempre famosos en esta clase de labores. 

Después de la descarga de flechas, los indios bajaron las cerbatanas y las lanzas, como si hubieran abandonado toda idea hostil. 


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