La ciudad del oro

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CAPITULO XXIII

EL TEMPLO DEL SOL

La noche se había extendido sobre la sabana movediza. 

Don Rafael y sus compañeros, sentados en la orilla del islote, con los fusiles al alcance de las manos, velaban asiduamente, temiendo de un instante a otro un asalto vigoroso. 

Los tres estaban pensativos y se torturaban en vano pensando en el medio de salir de aquella situación, que consideraban casi desesperada. En la orilla de la sabana acampaban los indios, sentados en torno de grandes hogueras. No hacían demostraciones hostiles, pero vigilaban rigurosamente a los hombres blancos para impedir su fuga. 

Por la parte opuesta del pantano habían venido varias canoas, pero permanecían inmóviles ante los árboles de la tupida selva, a pesar de lo fácil que hubiera sido para cuatrocientos o quinientos hombres asaltar el islote, que no ofrecía ninguna retirada para los asediados. 

La noche transcurrió en completa alarma, pero sin que los indios atacasen; parecía que no tenían prisa en apoderarse de aquellos que habían tratado de violar el secreto secular de la Ciudad del Oro. 


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