La ciudad del oro

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CAPITULO XXIV

EL SUPLICIO DEL TRAIDOR

La fiesta del Raynú, que los incas celebraban en honor del sol y que los habitantes de la Ciudad del Sol hablan conservado, era de las más grandes, más pomposas y más magnificas de todas las de los antiguos peruanos. 

Se celebraba en el solsticio boreal, cuando el sol, llegado ya al punto más lejano del Perú, aumentaba de día en día su luz y su calor, infundiendo nueva vida a toda la Naturaleza. Los incas lo celebraban con gran aparato, pero antes se preparaban con un ayuno de tres días, durante los cuales no se permitía encender lumbre en ninguna casa, tolerándose solamente que los habitantes comiesen unos granos de maíz crudo y bebiesen unos tragos de agua.

Él emperador, aquel día desempeñaba las funciones de sumo pontífice; antes de alzarse el sol, salía ,de su grandioso palacio, seguido de centenares de curacas (caciques o gobernadores de provincia), vistiendo lujosos trajes resplandecientes de bordados de oro y plata y la cabeza adornada con diademas de oro macizo y cubiertos de pieles de fieras y de plumas de cóndor. Seguía un gran número de soldados y de paisanos, representando las diversas naciones sometidas al Imperio. 


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