La ciudad del oro
La ciudad del oro CAPITULO III
Al oÃr el grito y los rumores, se levantaron rápidamente el plantador, su primo y Velasco, mientras que el indio se asomaba al parapeto de la terraza examinando con su aguda mirada el follaje de los árboles que se alzaban al pie.
—¿Qué ha sucedido, Yaruri? — preguntó don Rafael.
El indio no contestó. SeguÃa mirando con profunda atención.
—Habrá sido algún ave — dijo Alfonso.
—A mi me ha parecido un grito humano — dijo a su vez el doctor.
—Es cierto —repuso Yaruri—. HabÃa un hombre escuchando vuestra conversación.
—SerÃa algún esclavo curioso — dijo don Rafael.
—O algún goloso atraÃdo por el aroma de la apetitosa cena — añadió Alfonso.
—¡Bah! No nos ocupemos de eso — dijo el plantador encogiéndose de hombros.
—Pero, ¿y el grito? — insistió el doctor,
—Será que el curioso se habrá hecho daño en un pie o se habrá caÃdo del árbol. Sentémonos y reanudemos la conversación, mi querido Velasco.
