La ciudad del oro

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CAPITULO V

UN FUEGO SOSPECHOSO

Junto a uno de los árboles enormes, cuyas ramas se extendían sobre el río, se vio inflarse bruscamente el agua, como si se hubiera situado allí un pez muy grande y se dispusiera a salir a la superficie. 

Poco después, el doctor y sus amigos vieron surgir una boca enorme provista de grandes y aguzados dientes, pero el resto del cuerpo permaneció oculto bajo el agua. 

De aquella bocaza salió un grito lastimero que parecía lanzado por la boca de un niño. Era un jacaré, o sea un caimán, especie de cocodrilo largo, de cinco metros, que acechaba su comida. 

Estos reptiles son numerosos en los ríos de América del Sur, y especialmente en el Orinoco, donde hacen numerosas víctimas. No atacan al hombre, pero si se ven acosados se defienden con un furor extremado, y más de una vez pierde el cazador una pierna o sucumbe bajo un terrible coletazo. 

El caimán seguía emitiendo sus lastimeros gritos y cerrando de cuando en cuando las potentes quijadas con un estrépito semejante al que produce un baúl cuando se cierra violentamente. Los barbados, mientras tanto, seguían entregados a su concierto como si aún no se hubieran dado cuenta de la presencia del peligroso vecino. 


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