La ciudad del oro
La ciudad del oro CAPITULO VI
La prudencia, nunca excesiva en regiones habitadas por tribus hostiles que a través de los siglos se transmiten un odio profundo contra los hombres de raza blanca, a los que consideran, no sin razón, como opresores, aconsejaba abandonar aquel lugar que podía ocultar cualquier emboscada.
Los indios que poco antes habían estado haciendo la cena en el extremo del banco y que después se habían apresurado a desaparecer, debían de tener motivos graves para emprender aquella rápida retirada sin darse a conocer.
Si sus intenciones hubieran sido buenas, hubieran permanecido en el lugar sabiendo perfectamente que no tenían nada que temer de un número tan pequeño de hombres blancos.
Don Rafael y sus compañeros, después de haber dirigido una mirada bajo las gigantescas hojas de los lupatis, volvieron a embarcarse, y empuñando los remos atravesaron el Capanaparo; desembarcando en la orilla opuesta, en el margen de una inmensa salva de carix (astrocaryum), especie de palmera, de tronco espinoso, que da frutos oscuros, relucientes y gruesos como las castañas, los cuales penden en racimos de más de un pie de largo.
