La ciudad del oro
La ciudad del oro CAPITULO VIII
Agradecidos los otomacos por la ayuda recibida, se dignaron ofrecer a los hombres blancos un pedazo de cola de caimán, bocado selecto para los indios, pero nada agradable para el paladar europeo, que no puede con el penetrante olor a almizcle que despide aquella carne.
Don Rafael, en nombre de sus compañeros, dio las gracias por el obsequio, pero lo rehusó con gran satisfacción de los indios, y encima les regaló una botella de ron, que fue vaciada en un abrir y cerrar de ojos por aquellos borrachines.
En seguida les preguntó si habÃan visto en aquella parte del rÃo una canoa tripulada por indios armados de fusiles, pero no logró averiguar nada,
En los últimos quince dÃas habÃan pasado varias canoas, pero ningún otomaco se habÃa fijado en ellas, y no podÃan decir si los indios que las tripulaban iban o no armados de fusiles o sin armas.
Comprendiendo que no podrÃan obtener más noticias, dejaron a los salvajes muy ocupados asando la gigantesca pieza, y, desplegando velas, reanudaron la navegación con rumbo a la desembocadura del Maniapure.
