La Reina del PacÃfico
La Reina del PacÃfico -SÃ, capitán.
-¡Sigue mirando!
-¡Otro cohete, capitán!
-¿Verde?
-SÃ.
-Entonces, Morgan se prepara a venir en socorro nuestro. Da orden a Moko de descender. ¡Me parece que los españoles vuelven a la carga!
-¡Ya no les temo! -replicó el bravo filibustero-. ¡Eh, compadre; deja tu observatorio y ven a ayudarnos!
El negro echó al fuego cuanta leña le quedaba, con el fin de que la llama sirviese de guÃa a los hombres de Morgan, y, agarrándose a las vigas del techo, se dejó caer con precaución.
En aquel momento se oyó gritar a Van Stiller.
-¡Ohé, amigos! ¡Vuelven al asalto!
-¿TodavÃa? -exclamó Carmaux-. ¿Se habrán dado cuenta de las señales que nos ha hecho nuestra nave?
-Es probable, Carmaux -repuso el Corsario Negro.
-Pero dentro de diez o quince minutos nuestros camaradas estarán aquÃ. Por tan poco tiempo, podemos hacer frene hasta a un ejército, ¿no es cierto, amigos?
-¡Hasta a una baterÃa! -dijo Van Stiller.
-¡Cuidado! ¡Vienen! -gritó Moko.
