La Reina del Pacífico
La Reina del Pacífico Los trastos que formaban el parapeto fueron precipitados por el agujero, cayendo sobre los españoles que subían por las escaleras.
Un grito terrible siguió a aquella operación.
Los filibusteros y el Corsario Negro, para hacer mayor la confusión y el terror, habían descargado sobre sus enemigos todas sus armas.
-¡Pronto! ¡Volcad el lecho! -gritó el Corsario.
Moko y Carmaux estuvieron prontos en obedecer. Con un irresistible esfuerzo, el lecho, aunque muy pesado, fue colocado sobre el agujero, obturándolo completamente.
Apenas habían terminado, cuando a breve distancia se oyeron gritos y detonaciones.
-¡Adelante, hombres del mar! -había gritado una voz-. ¡El capitán está aquí!
Carmaux y Van Stiller se precipitaron a la ventana. En la calle, un grupo de hombres con antorchas adelantaba a paso de carga hacia la casa de D. Pablo.
Carmaux reconoció pronto al hombre que guiaba aquel grupo.
-¡El señor Morgan! ¡Capitán, estamos salvados!
