La Reina del Pacífico

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Los filibusteros aprovecharon la ocasión para alcanzar precipitadamente las chalupas. 

Cuando los españoles se rehicieron, los últimos marineros estaban ya a bordo. 

-¡Ya es tarde, queridos! 

El Corsario Negro, en vista de que todos sus hombres, hasta los heridos, estaban ya a bordo, se dejó llevar a su camarote. 

Aquella estancia era lo más rica y cómoda que se puede imaginar. 

No era una de esas estrechas habitaciones que forman el llamado "cuadro de los oficiales", sino una salita amplia y bien aireada, con dos ventanillas adornadas por columnas corintias y forradas de seda azul. 

Una gran lámpara de plata dorada con globos de vidrio rosado extendía en torno una luz extraña, que recordaba la producida por la aurora en los bellos amaneceres estivales. 

El Corsario se dejó llevar al lecho sin hacer un gesto de dolor. 

Morgan entró en el camarote, seguido del médico de a bordo, de Yara y de Carmaux, el ayudante de campo del filibustero. 

-¿Qué opináis? -preguntó Morgan al hombre de ciencia después que hubo examinado al herido. 


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