La Reina del Pacífico
La Reina del Pacífico -No, capitán.
-A bordo tenemos materias inflamables: ¿no es cierto?
-No nos falta esparto, ni pez, ni granadas.
-Entonces, dad orden de preparar un buen brulote. Si el golpe nos sale bien, veremos arder alguna de las fragatas. ¿Qué hora tenemos?
-Las diez, capitán -dijo Morgan.
-Dejadme descansar hasta las dos.
Morgan, Carmaux y el Médico salieron mientras el Corsario volvía a echarse.
Antes de cerrar los ojos buscó a la joven india y la vio acurrucada en un rincón.
-¿Qué haces, muchacha? -le preguntó dulcemente.
-Velo por ti, señor.
-Échate en uno de esos sofás, y trata de reposar. Dentro de algunas horas lloverán aquí balas y granadas.¡Duerme, buena niña, y sueña con tu venganza!
-¿Me la darás, señor? -preguntó con la mirada centelleante la joven.
-Te lo prometo, Yara.
-¡Gracias, señor! ¡Mi alma y mi sangre te pertenecen!
El Corsario sonrió, y volviéndose a un lado cerró los ojos.
