La Reina del Pacífico
La Reina del Pacífico El brulote, con una bordada, había doblado la punta extrema del islote y marchaba intrépidamente sobre las dos fragatas, como si quisiese embestirlas y abordarlas. El Rayo le seguía a trescientos pasos de distancia. Todos sus hombres estaban en el puesto de combate; los artilleros, detrás de las piezas y con las mechas humeantes en la mano; los fusileros, en las bordas y en las cofas; los gavieros, en los gallardetes y crucetas. De pronto un relámpago, y dos, y cuatro, iluminaron la noche, y la potente voz de la artillería se mezcló a las hurras de la tripulación y a los gritos de guerra de la guarnición del fortín, reunidos en masa en la playa.
-¡Ésa es la música! -gritó Carmaux-. ¡Cuidado con los confetti! ¡Son algo duros, y podrían causar dolores de vientre!
UN COMBATE TERRIBLE
Las dos fragatas, viendo avanzar aquella nave con las velas desplegadas y toda iluminada, creyeron al pronto que corría sobre ellas con intención de abordarlas, y por eso se acercaron la una a la otra cuanto les permitían las cadenas de sus anclas, para prestarse mutua ayuda.
A los gritos de alarma de los hombres de guardia ambas tripulaciones se habían precipitado sobre cubierta.
