La Reina del Pacífico

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Aún no había terminado de decirlo, cuando las dos fragatas dispararon simultáneamente con estruendo horrible. De las baterías surgían lenguas de fuego, y sobre el puente se elevaban gruesas columnas de humo densísimo. 

Artilleros y fusileros habían abierto un fuego infernal contra la pobre carabela, con la esperanza de echarla a pique antes de que pudiese llegar al abordaje. 

El efecto de aquella descarga fue tremendo. Las bordas y el castillo de proa del brulote volaron en pedazos, y el mastelero, cortado por su base, cayó sobre cubierta con crujido horrendo, hundiendo con su peso parte de la toldilla. 

-¡Mil delfines! -gritó Carmaux-. ¡Otra descarga como Ã©sta y nos vamos a pique! 

Se alzó, y miró por una rendija, sin temor a la metralla que silbaba por todas partes. 

La primera fragata estaba a unos quince metros, y el brulote, que aún conservaba en pie su palo mayor y los foques del bauprés desplegados, corría hacia ella empujado por el viento de tierra. 

Carmaux quitó a Van Stiller la mecha que Ã©ste tenía en la mano, e inclinándose hacia el cañón que ya estaba apuntado, le dio fuego y gritó con voz de trueno: 

-¡Un hombre sobre el puente! ¡Encendedlo todo! 


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