La Reina del Pacífico
La Reina del Pacífico Carmaux y Van Stiller empuñaron los garfios de abordaje; los lanzaron a los gallardetes y palos de maniobra de la nave y, arrancando las antorchas y fanales del cuadro, los tiraron sobre la toldilla.
La resina que corría por el suelo se inflamó en un instante, comunicándose la llama al esparto y a la vez extendidos por el puente.
Diez, quince lenguas de fuego serpentearon por la toldilla, ganaron las bordas, abrasaron las tablas y alcanzaron a las velas. Un resplandor vivísimo se alzó entre las tinieblas.
Los marineros de la fragata, creyendo que se trataba de un abordaje en regla, se precipitaron hacia las bordas, descargando sus arcabuces sobre el castillo de proa y en medio de los restos del mastelero ya caído. Algunos más audaces, saltaron al puente de la carabela, creyendo encontrarse ante los filibusteros. Sus espadas y pistolas estaban dispuestas a herir.
Un grito se oyó a popa en la carabela:
-¡Camaradas! ¡En retirada!
Carmaux abandonó el timón, saltó al castillo de popa, y se dejó resbalar por el cable. Debajo estaba la chalupa.
-¡Moko! ¡Van Stiller! ¡Pronto! -gritó-. ¡El Rayo está pasando!
