La Reina del PacÃfico
La Reina del PacÃfico -¡Pronto! -gritó Morgan.
Los cinco marineros se aferraron a las cuerdas que desde adentro les tendÃan, y saltaron a bordo de su nave.
-¡Ya estamos aquÃ, señor! -dijo Carmaux.
-¿Falta alguno? -preguntó el lugarteniente.
-Estamos todos menos dos, muertos en la carabela -contestó Carmaux.
-¡Todos al puesto de combate! -ordenó el Corsario-. ¡Preparaos para el fuego de andanada!
El Rayo se lanzó hacia adelante, pasando a doscientos pasos de la fragata incendiada. Avanzó rápidamente, sin llevar alguna luz a bordo. Sus hombres estaban todos en su puesto.
-¡Atención! -gritó Morgan.
La segunda fragata, dándose cuenta por fin de la audaz maniobra de los filibusteros, descargó una horrenda andanada, esperando detener al vuelo el paso de El Rayo; pero tenÃa ante sà hombres resueltos a todo y demasiado hábiles para dejarse coger.
A un silbido la filibusterÃa viró casi en redondo, y la descarga fue a perderse contra las rocas que formaban la prolongación de la penÃnsula.
