La Reina del Pacífico

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69

A una indicación suya Carmaux y Moko subieron al puente, y cogiendo delicadamente al Corsario, que continuaba desvanecido, le llevaron al cuadro. 

-¡Al agua los cadáveres! -gritó Morgan. 

Los cuatro marineros muertos en el combate fueron izados por la borda de babor y dejados caer en los negros abismos del gran golfo. 

-¡Dormid en paz en el gran cementerio húmedo, al lado le Corsario Rojo y del Verde, y decidles que pronto ambos serán vengados! -dijo-. ¡Ahora vamos a Veracruz, y que Dios nos guarde! 

EL ODIO DE YARA 

Cuando despuntó el alba y se aseguró de que ninguna nave española surcaba el mar por las costas de Nicaragua, Morgan dejó el puente para bajar al camarote del Capitán. 

Ya dos veces durante el transcurso de la noche, el médico había subido sobre cubierta para tranquilizar al lugarteniente respecto al desvanecimiento sufrido por el Capitán después de la extraña visión; pero, sin embargo, no estaba tranquilo. 

No dudaba que el Corsario no permanecería mucho tiempo en tal estado, dada su extraordinaria fortaleza; pero le inspiraban serios temores las heridas que había recibido. 


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