La Reina del PacÃfico
La Reina del PacÃfico Un rayo del sol reflejado por el agua entraba por el ventanal de popa, quebrándose en los espejos de Venecia que adornaban las paredes y en la lámpara de plata dorada.
El Corsario lo siguió con la mirada, murmurando:
-¡Ya era hora de que se disipasen las tinieblas!
Aspiró con fuerza el aire marino saturado de sal que entraba por el ventanal abierto, y volviéndose a Morgan, le preguntó:
-¿Dónde estamos?
-Dentro de pocas horas estaremos en San Juan, señor.
-¿Subimos hacia las costas de Nicaragua?
-SÃ, capitán.
-¿No hay ninguna nave a la vista?
-A estas horas debe ya de haberse esparcido la noticia de que estamos por estas playas, y todas las naves se habrán refugiado en los puertos.
-¡SÃ; nos temen! ¿Y la fragata?
-No ha salido de Puerto-Limon. Acaso no se creÃa lo bastante fuerte para medirse sola con nosotros.
-¡Más vale asÃ! Tratad de ir de prisa; sabéis que nos esperan.
