La Reina del Pacífico

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-¡Calla, Yara! -murmuró el Corsario oprimiéndose con ambas manos el corazón, como si hubiese querido calmar sus precipitados latidos. 

-Y sé además -prosiguió Yara- que después de la expugnación de Gibraltar, exigida por vos para vengar a vuestros hermanos, cuando volvisteis a bordo de vuestra nave y supisteis por un prisionero español que la mujer a quien amabais no era una princesa flamenca, sino la hija del asesino de vuestros hermanos, en vez de hundir en su corazón vuestra espada, como teníais derecho a hacerlo, la abandonasteis sobre el tempestuoso mar en una chalupa, encomendándola a la misericordia de Dios. 

-¿Todo lo sabes, pues?  

-¡Todo, señor! 

-¿Vive Honorata? ¡Dímelo, Yara! ¿Vive aún? -gritó el Corsario. 

-¡Ah! ¡Todavía la amáis! -exclamó la joven. 

-¡Sí! -dijo el Corsario-. ¡El primer amor no muere nunca! 

Yara se había dejado caer en una silla con la cara oculta entre las manos. A través de sus dedos se veían correr las lágrimas. 

-¡También yo te amaba antes de verte, señor! -se le oyó murmurar con apagada voz. 


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