La Reina del Pacífico
La Reina del Pacífico -¿Una emboscada? -preguntó
Carmaux, acercándose al Capitán.
-¡O un espía! -dijo éste. -¿Era un hombre solo?
-Sí, Carmaux.
-Ve a prender a ese hombre, y tráelo aquí.
-¡Yo me encargo de eso! -dijo el negro empuñando su pesado espadón.
-¡Eh, compadre Saco de Carbón! -exclamó Carmaux-. ¡Primero los blancos: después el negro!
-El compadre blanco puede cederme este favor.
-Saco de carbón, eres libre de ir a recibir un tiro -exclamó Carmaux.
El gigantesco negro atravesó en tres saltos la calle, y cayó sobre el hombre escondido tras el carro.
Agarrarle por el cuello y levantarle como si fuese un fantoche, fue cuestión de un momento.
El negro, sin cuidarse de sus gritos, le llevó ante el Corsario, dejándole en el suelo.
-¡Buen tipo! -exclamó Carmaux dando una carcajada-. ¡Eh, compadre! ¿Dónde has pescado ese cámbaro ( cangrejo)?
El hombre que el negro había dejado ante el Corsario no tenía el aspecto de un soldado ni de un valiente.
