La Reina del Pacífico

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No obstante aparecer el mar desierto, Morgan había ordenado colocar vigías en las cofas y crucetas para no dejarse sorprender por alguna poderosa fragata. 

Tenían ya la certeza de haber sido señalados en todos los puertos de la costa de Nicaragua después de la audaz empresa de Puerto-Limón. 

Por eso había sido recomendada a bordo la más exquisita vigilancia por el Corsario Negro. 

Diez días después de zarpar de Puerto-Limón El Rayo había arribado felizmente al cabo Gracias a Dios, punto extremo de Nicaragua. 

Avistado el cabo, la veloz nave, después de una rápida aparición en la vasta laguna de Caratasca para ver si había aparecido alguna escuadra filibustera, se lanzó a toda vela en el golfo de Honduras, inmensa ensenada de forma triangular que baña las costas de Yucatán y de Belice por Septentrión, de Guatemala al Oeste y de Honduras al Sur. 

En el momento en que la nave, después de haber doblado el cabo Camarón, bogaba hacia la isla Bonaca, el Corsario Negro, ayudado por Yara y Carmaux, subía por primera vez sobre cubierta. 

Sus heridas se habían casi cicatrizado ya, gracias a las asiduas asistencias del médico y de Carmaux; pero aún estaba débil, y su palidez era tal que parecía de mármol. 


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