La Reina del Pacífico

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-Sí, Morgan. Acaso el almirante que la manda haya tenido noticias de nuestra arribada, y nos busca. 

-¿Va hacia el Sur, capitán? 

-Sí. Cuando lleguen a Puerto-Limón, nosotros nos habremos alejado ya de las costas de Yucatán. Id a buscarme: yo os espero en Veracruz, y entonces no estaremos solos. ¿Verdad, Morgan? 

-¡Habrá otros más! 

-¡Y yo habré matado al Duque! -añadió el Corsario-. ¡Buenas noches, Morgan, y buena guardia! 

Al día siguiente El Rayo, que había llevado continuamente rumbo Norte-Noroeste, daba vista a la isla Bonacca, tierra casi desierta en aquella época. 

El Corsario Negro, que raras veces abandonaba la cubierta, lanzó El Rayo hacia el Norte, queriendo huir de las costas de Honduras, que estaban ocupadas por los españoles. 

La bahía de la Ascensión no estaba ya muy lejana. En unas cuarenta horas aquella rápida nave podía llegar sin fatigar demasiado a la tripulación; tanto más, cuanto que el viento no tenía tendencias a cambiar y que la corriente del Gula-Stream aumentaba en celeridad. 

Varios gavieros habían sido mandados a las crucetas provistos de fuertes catalejos para que señalasen prontamente la aparición de cualquier nave. 


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