La Reina del Pacífico
La Reina del Pacífico -Es cierto, capitán. Tienen veloces naves encargadas de vigilar la costa y advertir a las ciudades marítimas los peligros que las amenazan.
-¿Queréis que probemos a ver si realmente nos siguen?
-¿Cambiando de ruta?
-Sí; remontando al Norte.
-Dentro de dos horas será de noche, y haremos ruta falsa, Morgan. Entretanto, tratemos de espiar los movimientos de ese barco: acaso podamos saber con quién tenemos que habérnoslas.
Dejaron la cubierta, y se izaron hasta la cofa del palo mayor para abarcar mayor horizonte.
El Corsario asestó su anteojo, y observó con extrema atención la vela señalada.
-Señor Morgan -dijo tras de algunos instantes-, muy lejos estamos de esos espías; pero estoy cierto de no engañarme.
-¿Qué queréis decir, señor?
-Que la nave que nos sigue puede crearnos graves inconvenientes.
-¿Es grande, pues?
-Acaso una fragata.
Señor, tengo una sospecha.
-¿Cuál?
-Que sea una de las dos fragatas que trataron de bloquearnos en Puerto-Limón.
