La Reina del Pacífico

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10

-¡Bien está! -repuso el Corsario. 

Miró atentamente la casa, y acercándose a la puerta, la golpeó con el pesado aldabón de bronce que de ella pendía. 

Aún no había cesado el ruido de la llamada, cuando se oyó abrir una persiana, y una voz desde el último piso que preguntaba: 

-¿Quién sois? 

-¡El Corsario Negro! ¡Abrid, o prenderemos fuego a la casa! -gritó el capitán haciendo brillar su espada a la lívida luz de un relámpago. 

-¿A quién buscáis? 

-  ¡A D. Pablo de Ribeira, administrador del duque Wan Guld! 

En el interior de la casa se oyeron pasos precipitados, gritos que parecían de espanto; luego, nada. 

-Carmaux -dijo el Corsario-. ¿Tienes la bomba? 

-  Sí, capitán. 

-¡Colócala junto a la puerta! ¡Si no obedecen, le prenderemos fuego, y nos abriremos paso nosotros mismos! 

Se sentó sobre un guardacantón que se encontraba a pocos pasos, y esperó, atormentando la guarda de su espada. 

CAPÍTULO II 

HABLAR O MORIR 


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