La Reina del Pacífico
La Reina del Pacífico -¡Bien está! -repuso el Corsario.
Miró atentamente la casa, y acercándose a la puerta, la golpeó con el pesado aldabón de bronce que de ella pendía.
Aún no había cesado el ruido de la llamada, cuando se oyó abrir una persiana, y una voz desde el último piso que preguntaba:
-¿Quién sois?
-¡El Corsario Negro! ¡Abrid, o prenderemos fuego a la casa! -gritó el capitán haciendo brillar su espada a la lívida luz de un relámpago.
-¿A quién buscáis?
- ¡A D. Pablo de Ribeira, administrador del duque Wan Guld!
En el interior de la casa se oyeron pasos precipitados, gritos que parecían de espanto; luego, nada.
-Carmaux -dijo el Corsario-. ¿Tienes la bomba?
- Sí, capitán.
-¡Colócala junto a la puerta! ¡Si no obedecen, le prenderemos fuego, y nos abriremos paso nosotros mismos!
Se sentó sobre un guardacantón que se encontraba a pocos pasos, y esperó, atormentando la guarda de su espada.
HABLAR O MORIR
