La Reina del Pacífico
La Reina del Pacífico se apresuraron a tomar puesto en ellas, llevando consigo fusiles, sables de abordaje y pistolas.
Cuando todos hubieron embarcado, Morgan se acercó a él.
-Espero vuestras órdenes, señor.
El Corsario Negro se volvió lentamente, y señalándole el punto luminoso, dijo:
-¿Lo véis?
-Sí, señor.
-Viene hacia nosotros.
-Es cierto, capitán.
-Yo me quedo aquí, e iluminaré la nave; vos iréis hacia ella, manteniéndoos oculto. Cuando veáis a esa nave empeñada en lucha conmigo, os acercáis con las chalupas y os lanzáis a un abordaje fulminante.
-¡Empresa audacísima!
-Pero de resultado seguro, Morgan -repuso el Corsario.
-Confiad en mí, capitán. -¡Marchad, y que Dios os asista!
-¡Gracias, señor!
Apenas había transcurrido un minuto, cuando ya las seis balleneras se alejaban a fuerza de remos y desaparecían en las tinieblas.
El Corsario iba a subir al puente, cuando vio delante de sí una sombra.
