La Reina del Pacífico
La Reina del Pacífico Apenas las seis balleneras mandadas por Morgan se separaron de El Rayo, se dirigieron lentamente hacia la nave española.
La profunda oscuridad que reinaba favorecía aquella audaz maniobra.
Para no correr el peligro de ser echados a pique, después de haber recorrido una milla, Morgan había dado la señal de detenerse.
La nave española sólo distaba siete u ochocientos metros, trecho cortísimo para aquellas rápidas balleneras, que podían cruzarlo en pocos minutos. Estando el mar en completa calma, Morgan podía oír distintamente las órdenes que se daban a bordo de la nave enemiga.
Una falsa alarma hubiera podido tener incalculables consecuencias para aquellas frágiles navecillas privadas de toda defensa.
Después de su inútil tentativa de fuga, como ya queda relatado, la fragata había aceptado resueltamente el combate.
Los filibusteros asistieron así al primer duelo de artillería más ruidoso que perjudicial (ya que las dos adversarios no podían distinguirse claramente) con la ansiedad natural de aquellos hombres, ya avezados a la sangre y al fragor de los combates.
