La Reina del Pacífico
La Reina del Pacífico El Corsario Negro, que empezaba a impacientarse, alzó de nuevo el pesado aldabón, y lo dejó caer con estrépito.
El golpe retumbó por el corredor. Una voz temblorosa gritó:
-¡Ya va, señores!
Se oyó un chirriar de cerrojos y cadenas, y la maciza puerta se abrió lentamente.
Un hombre ya de edad, seguido por dos pajes de raza india portadores de antorchas, apareció en el umbral.
Era un hermoso tipo de anciano, que ya debía de haber pasado de los sesenta; pero aún robusto y erguido como un joven.
Llevaba un traje de seda oscura adornado de encajes, y calzaba altas botas con espuelas de plata.
Una espada le colgaba al costado, y en la cintura llevaba uno de aquellos puñales españoles llamados de misericordia; arma terrible en una mano robusta.
-¿Qué queréis de mí? -preguntó el viejo con marcado temblor.
En vez de contestar, el Corsario Negro hizo seña a sus hombres de entrar y cerrar la puerta.
El jorobado, ya inútil, fue dejado en la calle.
-Espero vuestra respuesta -insistió el viejo.
