La Reina del Pacífico
La Reina del Pacífico Debían hacer una simple demostración para atraer la atención de los españoles. El golpe maestro debía darse en el escotillón, en cuyo alrededor se habían detenido todos los restantes filibusteros.
-¡Sobre todo, haced mucho ruido! -había dicho el Corsario.
Y en efecto; el estrépito había comenzado con un crescendo formidable, ensordecedor. Los dos destacamentos, apenas colocados, habían abierto el fuego contra las barricadas españolas prorrumpiendo en alaridos generales para hacer creer que se preparaban a un asalto general.
Los españoles habían contestado haciendo tronar las piezas colocadas en el entrepuente. El efecto de aquellas descargas a tan breve distancia había sido desastroso, si no para los filibusteros, para la nave.
Los filibusteros, tendidos en el suelo, aunque sentían caer sobre ellos todos aquellos destrozos, no se movían. Ya invadía la cámara un humo denso y sofocante.
El Corsario Negro, en pie junto al escotillón, aún cerrado, escuchaba con cierta ansiedad los gritos feroces que repercutían en el interior de la nave.
