La Reina del Pacífico
La Reina del Pacífico -¿A Veracruz?
-No; no cometeré semejante imprudencia. Nosotros entraremos antes de que llegue la flota de los filibusteros, para impedir a Wan Guld que huya. Si tuviese el Duque tan sólo una sospecha de lo que están tramando los corsarios, no nos esperaría, sino que huiría a Panamá.
-¿Luego, te teme?
-Sí, porque sabe que le busco para matarle.
-¿Y si huyese? ¿Te acuerdas de Maracaibo?
El Corsario no contestó. Se había apoyado en la borda y miraba a la fragata, que ardía como un haz de leña seca.
Las gigantescas llamas se elevaban hasta los masteleros de juanetes. Todo lo habían envuelto de popa a proa.
Aunque El Rayo estuviese ya lejano, aún se oía el sordo crujir de los palos al caer sobre cubierta.
Los maderos y duelas, ya consumidos por el fuego que todo lo destruía en el interior de la nave, se abrían, dejando salir al alquitrán líquido.
Pero los minutos estaban contados para la fragata: ya los palos habían caído todos, y el bauprés habíase hundido en el mar.
