La Reina del Pacífico
La Reina del Pacífico Ninguno sabía dónde estaban, ya que aquellas tierras les eran desconocidas, a Yara inclusive.
Al cabo de media hora de camino se encontraron frente a varios islotes que formaban infinidad de canalillos. Grandes árboles que habían arraigado en aquellas porciones de tierra proyectaban sobre las aguas una sombra siniestra.
-¿Adónde vamos, señor? -preguntó Carmaux.
-Aproximémonos a uno de esos islotes, y esperemos al alba -repuso el Corsario.
-¡Me parece haber cegado de repente! -dijo el hamburgués.
Aproximaron la ballenera al islote más cerca, que estaba cubierto de altísimos árboles, y desembarcaron para estirar un poco las piernas.
La evaporación de los canales formaba una neblina que se condensaba rápidamente, saturada de fiebre y de miasmas.
Los filibusteros se habían acostado al pie de uno de aquellos árboles, bien envueltos en sus tabardos para defenderse de la humedad de la noche. Al lado habían colocado los fusiles, pues no estaban muy tranquilos. Y, en efecto, pocos minutos habían transcurrido cuando se oyó a pocos pasos un grito agudo, que terminó en un mugido espantoso.
