La Reina del Pacífico
La Reina del Pacífico -No, Carmaux -dijo el Corsario.
-¿Me diréis, entonces, señor, qué son esos gimoteos?
Precisamente encima de ellos, en medio de la fronda, se oían gritos lamentosos que parecían lanzados por una turba de niños.
-También son simios, Carmaux -repuso el Corsario
-¡Pues diríase que entre esas ramas hay una legión de chicos!
-Sí; pero sólo son micos.
El filibustero no mentía. Los gritos de los simios rojos y de los llorones alcanzaban tal intensidad, que era para desesperar al más paciente.
-Debe de haber aquí millones de cuadrumanos -dijo el hamburgués.
-Te engañas, compadre blanco -replicó Moko-. Acaso tan sólo haya siete u ocho.
-Entonces, deben de tener la garganta forrada de bronce. -Tienen algo mejor.
-¿El qué?
-Una doble laringe que centuplica la intensidad de su voz -dijo el Corsario.
-Sí, capitán -añadió el negro.
-¡Formidables cantores! -exclamó Carmaux-. Sería mejor no obstante, que reservaran sus facultades para mejor ocasión.
