La Reina del Pacífico
La Reina del Pacífico -¡To! -exclamó sorprendido Carmaux-; ¿Qué va a pasar? Diríase que estos reptiles no vienen contra nosotros precisamente.
-Es cierto, compadre blanco -dijo el negro.
Dos aullidos estridentes estallaron a breve distancia, y otros dos caimanes se lanzaron al medio del canal golpeando furiosamente el agua con la cola.
Uno de los saurios, el más pequeño, se había colocado aparte apoyándose en los mangles que coronaban la orilla; los otros cuatro se habían precipitado unos contra otros con espantosa furia, mostrando sus quijadas monstruosas armadas de formidables dientes.
Mugían como toros enfurecidos y agitaban la cola, levantando espumantes ondas.
-¡Eh, compadre! ¿Qué les ocurre a estos bribones? -preguntó Carmaux-. ¿Quieren devorarse recíprocamente?
-¡Están enamorados! -contestó riendo el negro.
-¿De las blancas carnes de Yara? -preguntó Van Stiller.
-No, compadre blanco, de la hembra que se ha refugiado entre los mangles.
-¡Ah! -exclamó Carmaux-. ¿La señora se dejaba cortejar por cuatro galanes?
-¡Nunca hubiera creído que tales brutos pudieran tener celos!
